El
ENIGMA DE LA TELEPATÍA
Fotografías
de un filodendro y una máquina, a la cual está
conectada, que es la encargada de registrar con trazos los
cambios que se operan en la planta ante la presencia de diversos
estímulos. Esta máquina, propiedad de David
Tansley, no es la primera que se utiliza con el mismo fin,
pero es más reciente que la de Backster.

Uno
de los fenómenos paranormales recibidos con mayor escepticismo
es sin duda la telepatía, tal vez porque no puede apreciarse
a simple vista, como sucede con la levitación, el polstergeist
y otros.Para saber de su existencia no hay más remedio
que confiar en el testimonio, en ocasiones poco confiable,
de quienes afirman haber realizado un acto de esta índole
o conocer el resultado de pruebas que no siempre son dignas
de crédito.
La telepatía
parece existir, según afirman los parapsicólogos,
no sólo entre los seres humanos y algunos animales, sino
también, aunque resulte difícil de aceptar, entre
los seres vegetales.
Los
curiosos experimentos de Backster

En
1969, el doctor Cleve Backster, que trabajaba para la policía
metropolitana de Nueva York, realizó las primeras experiencias
con plantas, utilizando un polígrafo – o detector
de mentiras- de manera accidental, casi por juego. Fijó
los cables del aparato al tallo de una planta. Pensó
entonces en aplicar un fósforo en la planta, para ver
qué sucedía. En aquel preciso instante, la aguja
del polígrafo se puso a girar de un lado a otro, como
alocada. ¿Sería que la planta había adivinado
la intensión de Backster?.
En
las siguientes semanas, Backster realizo diversas pruebas intentando
demostrar que existe un sentido telepático en las plantas,
entre ella la de dejar caer unos cangrejos en agua hirviendo.
En el momento de morir los crustáceos en medio de un
gran sufrimiento, un polígrafo hipersensible conectado
a unas plantas situadas en una habitación contigua reveló
que éstas se agitaron frenéticamente.
Se
realizaron a continuación experiencias conectando en
serie un conjunto de plantas en el desierto, en octubre de 1971,
en el desierto de Mojave, al este de Los Angeles, a cargo de
Dr. George Lawrence, del Instituto Ecola, de san Bernardino.
Estaba seguro de que las plantas reaccionan a ciertos estímulos
psíquicos y eléctricos, y de que gracias a sus
pruebas podría establecer un contacto muy especial con
el cosmos. Como en el caso de los cangrejos, las plantas parecieron
enloquecer. Pero eso fue todo lo que se obtuvo. El experimento
no progresó.
Como,
además de esto, numerosos científicos que intentaron
repetir los trabajos de Backster terminaron con sendos fracasos,
llegaron a la conclusión de que el señor era un
farsante. Incluso se realizó un simposio en enero de
1975, patrocinado por la Sociedad Norteamericana para el Progreso
de las Ciencias, donde 5 de los 6 científicos que intervinieron
negaron la posibilidad de que las plantas puedan reaccionar
“emocionalmente” a los ataques de que puedan ser
víctimas y menos aún poner sobre aviso a sus congéneres
por medios telepáticos. Después de aquello, el
estudio de lo que pudiera llamarse telepatía vegetal
cayó en el olvido. Pero en 1982 llegó alguien
a darle de nuevo vida.
David
Rhoades, biólogo de la Universidad de Washington, descubrió
que cuando el sauce era atacado por cierta especie de oruga,
sus vecinos de la misma familia secretaban al instante una sustancia
que bloqueaba el crecimiento de los insectos. ¿De qué
manera se comunicaban entre sí los sauces? Investigadores
de los departamentos de Agricultura opinaron que algunos vegetales
pueden emitir, en ciertas ocasiones, sonidos inaudibles, ultrasonidos
que pudieran alertar a los compañeros. ¿Puede
considerarse este caso específico como la telepatía
vegetal, con lo cual podría concederse a Cleve Backster
por los menos una parte de razón?.
Un poco de ciencia, antes de pasar a los ejemplos
Hace
medio siglo, o un poco más, el parapsicólogo checoslovaco
Jan Ehrenwald decía que la relación entre madre
y recién nacido puede conducir a una especie de simbiosis
psíquica muy afín a la telepatía y lo mismo
sucede a veces entre unos gemelos o con una pareja que han vivido
junto largo tiempo. Una idea que surja de la mente del hombre
puede ser captada al instante por su compañera. En especial
cuando uno de los dos se encuentra en peligro, el otro capta
al instante el mensaje telepático. ¿Significa
esto que puede establecerse entre dos seres afines una conversación
silenciosa, es decir, telepática?. El Dr. J. B. Rhine,
de la universidad de Duke, pasó muchos años estudiando
toda clase de fenómenos psíquicos, en especial
la telepatía, echando mano de unas tarjetas muy bonitas,
cuya forma debían adivinar las personas que se prestaban
a ser conejillos de Indias. Jamás resultó nada
que valiera la pena.
En
1979, James McDonnell, presidente de la McDonnell. Douglas,
empresa aeronáutica de fama mundial, donó 500.000
dólares a la universidad de St. Louis, Missouri, para
fundar un laboratorio de investigación en parapsicología.
Se nombró al físico Peter Phillips director. Mc.Donnell
deseaba que se trabajase de manera científica. Phillips
contrato a Steve Shaw y a Michael Edwars, de 18 y 17 años,
para realizar experiencias de torsión de objetos metálicos
a distancia, además de pruebas de telepatía y
psicocinesis. Resultaron un éxito. El director estaba
satisfecho: bastaba un apoyo financiero y sujetos dotados para
obtener resultados positivos.
Las
experiencias, que duraron tres años –hasta que
se acabó el medio millón-, fueron filmadas en
video. En todos los casos se tuvo la certeza de que no tuvo
la certeza de que no hubo trucos. A fines de 1983 se celebró
en Buffalo un coloquio sobre “Ciencia, escepticismo y
lo paranormal”, donde se mostró lo realizado por
Phillips, acompañado por unas observaciones de james
Randi, conocido ilusionista profesional. Antes, había
escrito a Phillips aconsejándole tomar toda clase de
precauciones al realizar las experiencias. Una de ellas es que
jamás debe alterarse el curso de una experiencia, ni
atender un capricho del voluntario, porque es añagazas
parta enmascarar un cambio.
Sugería
que hubiera siempre un ilusionista profesional capaz de descubrir
los trucos. Y terminaba diciendo que los dos muchachos habían
sido discípulos suyos. Mario Bunge, profesor de la universidad
McGill, de Montreal, que participo en el coloquio de Buffalo,
decía que en un siglo la metapsíquica sólo
ha sufrido cambios en una cosa: en su nombre, al ser rebautizada
como parapsicología. En lo demás, ha seguido igual.
Nadie ha sabido avanzar en su conocimiento.
Unicamente
ha habido algún progreso en la parte experimental, dentro
de los laboratorios. Pero existe siempre el peligro de que quienes
intervienen en las pruebas sepan hacer trampas sin que nadie
se dé cuenta.
No
parece haber sucedido esto en las experiencias realizadas por
el soviético Leonidas L. Vasiliev con dos personas que
mantuvo dentro de sus respectivas jaulas de Faraday, a prueba
del paso de los rayos gamma, ondas ultracortas y de gran longitud.
A pesar de tan formidable barrera, uno de los sujetos transmitió
al otro, un mensaje telepático.
El
hecho de que intervengan en los fenómenos telepáticos
las ondas cerebrales parece haber sido puesto de manifiesto
por el fisiólogo checo S. Figar. Realizó unas
pruebas con un pletismógrafo, aparato que permite captar
la actividad cerebral de un individuo, por medio de sensores
ultrasensibles que registran la presión y el volumen
de los vasos sanguíneos del cerebro, al dar comienzo
un proceso de actividad mental. Dispuso a dos personas con afinidades
psicológicas en dos cuartos separados, pero unidas ambas
al mismo aparato. Figar hizo unas preguntas a cada uno, y en
el mismo instante la aguja señaló la misma curva
para ambos.
Sin
embargo, a pesar de los muchos ensayos realizados para demostrar
la existencia de la telepatía, sigue habiendo escépticos
y crédulos. Lo único que queda de todo en concreto
son los casos, protagonizados algunos por gente muy famosa.
Imposible decir si mintieron o si obraron de buena fe al hacer
el relato de su experiencia.
La historia de Mark Twain y otras similares
En
su juventud, Mark Twian fue periodista de varios lugares de
Estados Unidos y trabajó largo tiempo en compañía
de un hombre llamado William Wright, de quien se hizo gran amigo.
Años más tarde, pensaba en algo sucedido en una
mina de Nuevo México y que su amigo Bill Wright sería
la persona ideal para escribir un libro sobre aquel asunto.
Se dispuso a escribir a su amigo y en el momento de echar la
carta al buzón recibió una carta firmada por Wright.
Decía que pensaba escribir un libro sobre lo sucedido
en la mina. ¿Mensaje telepático o coincidencia?
En
el verano de 1958, una señora de 60 años llamada
Mary Billings, que vivía en Dundee, Escocia, comenzó
a sentirse mal y sufrir alucinaciones. Creía oír
voces. Acudió al médico y fue hospitalizada el
siguiente año. Siguió oyendo ruidos y sentía
como si una bestia se ocultase en la garganta. Se hicieron más
frecuentes las alucinaciones y comenzó a escuchar extraños
ruidos en el oído derecho. El Dr. James Mc. Haig, que
atendía a la señora Billings, descubrió
en 1968 que había en el hospital psiquiátrico
un paciente que sufría las mismas molestias de la mujer,
a la misma hora, sin saberlo ninguno de los dos. Mc.Haig averiguó
entonces con enorme sorpresa, que los dos pacientes eran hermanos.
El siguiente año murió el hermano, de un tumor
en el oído derecho. A partir de aquel momento, mejoró
notablemente la salud mental de la señora, de manera
incomprensible, y no volvió a sufrir alucinaciones ni
a escuchar ruidos. De todas maneras, no pudo gozar mucho tiempo
de su salud, porque era una septuagenaria y falleció
poco tiempo después.
Sir
Hubert Wilkins fue un explorador que se interesó lo mismo
en viajar por las regiones polares que en la telepatía.
En 1938, estando en Alaska, intentó llevar a cabo una
conversación telepática con Igo Swann y Harold
Sherman, que se hallaban en Nueva York. Tres veces por semana,
mientras Levanevsky, que desapareció mientras volaba
de su país a Norteamérica, tratarían de
comunicarse durante media hora. Proyectaría sus pensamientos
y consignaría por escrito lo que creía haber captado,
para comparar más tarde las notas. Una vez que el explorador
regresó a Nueva York y se puso en contacto con el Dr.
Gardner Murphy, director del departamento de parapsicología
de la universidad de Columbia, se sacaron conclusiones y se
vio que había varios puntos en común.
Pasaron
35 años y unos físicos del Instituto de Investigaciones
Stanford se dedicaron a tomar nota, el 27 de abril de 1973,
de lo que unos psíquicos intentaron hacer a escala cósmica:
viajar con la mente hasta el planeta Júpiter, con la
esperanza de que sus impresiones coincidieran con la información
que, a partir del 3 de diciembre del mismo año, enviaría
a la Tierra el Pioneer 10. El resultado de la prueba no agradó
a los físicos.
Se trabaja en la comunicación espacial
Antes
de esto, en Julio de 1955, se había realizado otra prueba
telepática en un centro de investigaciones ubicado en
la base naval de Friendship, Marylad. Una persona dotada, al
parecer, con poderes telepáticos, recibió unas
tarjetas con dibujos diversos. Después de mirar fijamente
cada una y de concentrarse largo rato, proyectó la imagen
del dibujo hasta un lugar situado a 2.000 kilómetros,
en pleno océano.
En
aquel lugar se concentraba el submarino atómico Nautilus,
donde un oficial intentaba captar el mensaje telepático
enviado desde Meryland. Se concedió una enorme publicidad
al experimento y se afirmó que había obtenido
un 70% de aciertos. Sin embargo, el alto mando se negó
a confiar a la prensa la información que ésta
deseaba. ¿Era porque no habían obtenido los resultados
esperados, o porque ningún militar deseaba verse acusado
de practicar algo que tenía mucho de brujería?.
Unos
científicos soviéticos repitieron la experiencia
años más tarde. Pero no lo hicieron con seres
humanos, sino con animales, de manera tan original como cruel.
En un laboratorio de Moscú conectaron un encefalograma
a una coneja que acababa de tener crías. Los hijos habían
sido conducidos a varios cientos de kilómetros de distancia,
hasta un submarino que navegaba por el mar negro. Los recién
nacidos fueron sacrificados uno después del otro, con
unos minutos de intervalo.
En
cada ocasión sucedió algo muy extraño en
el laboratorio de Moscú. La aguja dio un salto, lo cual
parecía demostrar que el cerebro de la coneja capto los
mudos mensajes telepáticos enviados por las crías,
a pesar de la enorme distancia que los separaba.
Mucho
se estuvo hablando, desde el final de la guerra, de que el Pentágono
estaba realizando investigaciones en parapsicología,
y en especial en telepatía, con fines militares, igual
que estaban haciendo los rusos. Pero, al parecer, las pruebas
resultaron un fracaso, de tal manera que algunos organismos
civiles extremadamente escépticos, como el CSICOP, declararon
que estos estudios se hicieron muy a la ligera, o no se realizaron,
a pesar de los muchos libros publicados que se refirieron a
la llamada guerra psíquica. Profundo error, porque el
propio Pentágono se había mostrado sumamente interesado
en el estudio de los fenómenos paranormales, en especial
en la telepatía y en la psicocinesis -también
llamada Telekinesis-, que podrían ser utilizados posteriormente
con fines de espionaje e incluso de sabotaje. El Pentágono
solicitó al National Research Council -o Consejo Nacional
de Investigaciones- que dedicase un tiempo de sus científicos
al estudio de la parapsicología.
Se
dedicaron tres años a este trabajo, gastando sumas astronómicas,
pero nada positivo resultó. De acuerdo con el psicólogo
John A. Swerts, quien dirigió el grupo, no existe aún
una forma conocida de hacer de un hombre cualquiera una especie
de Superman o de Batman.
Coincidencia y sincronismos, forma de explicar las cosas
El
psicólogo suizo C. G. Jung (1875-1961), uno de los creadores
del psicoanálisis, intentó explicar las coincidencias
de manera muy particular. Proponía un proceso capaz de
atravesar el tiempo y el espacio para ordenar los acontecimientos
de la misma manera que los arquetipos ordenan el contenido preconsciente
de la psique humana. Y llamó a las coincidencias sincronismos,
que son provocados más que frutos del azar. Pero antes
de hacerlo él, un biólogo y astrónomo aficionado
al espiritismo habían intentado ya dar otra explicación
al fenómeno, si acaso fenómeno hubiera.
Por
teorías no queda la cosa
Paul
Kämmerer, quien había ideado una teoría sobre
las series y estudiado con gran interés las coincidencias
, a lo largo de veinte años, logro reunir un generoso
archivos de casos. En 1919 llegó a esta conclusión:
todo en la vida, la naturaleza y el cosmos es único y
continuo. Pero en eso se quedó. No aclaró gran
cosa al respecto. Y antes que él, un francés muy
sabio dedicó también enorme interés a este
fenómeno, si así se le puede llamar.
Camilo
Flammarion (1842-1925), aficionado en sus ratos libres al estudio
de los fenómenos metapsíquicos, fue tal vez el
primero en estudiar esto de las coincidencias. Decía
que no son productos de la casualidad, es decir, resultado de
una combinación de circunstancia imprevistas, sino que
son dictadas desde el más allá, a los humanos
del mundo material, por los espíritus de sus familiares
difuntos, para demostrarles que siguen pensando en ellos. A
veces, los espíritus se muestran bondadosos, y a veces
malvados, decía Flammarion. Y tal vez estaba en lo cierto
en cuanto a las coincidencias que acompañaron a la muerte
de Saki.
Se
llamaba Héctor Munro, pero alcanzó gran celebridad
en Inglaterra bajo el seudónimo de Saki. En sus deliciosos
cuentos arremetía, sarcásticamente, contra sus
tías, con quienes debió vivir a la muerte de sus
padres. Saki murió en 1915 por no creer en las coincidencias,
o porque una de las difuntas tías quiso vengar las viejas
burlas. No es cierto que el rayo no caiga nunca dos veces en
el mismo sitio, o que un obús no lo haga tampoco. Encontrándose
en el frente de Flandes, un obús abrió un enorme
cráter cerca de donde Saki estaba agazapado. Pensando
hallar ahí refugio seguro, Saki corrió hacia él.
Confiaba en la ley de probabilidades. Cometió un error,
porque segundos después quedaba el pobre hecho añicos.
Pero
veamos el ejemplo que daba Flammarion en su libro Lo desconocido,
publicado en 1902. El poeta Emile Deschamps conoció en
su infancia, en una escuela de Orleáns, a un tal Fortgibu,
con quien tuvo ocasión de saborear el Plum-Pudding (budín
de ciruelas) que trajo éste día de Inglaterra.
Diez años más tarde, Deschamps entró en
un restaurante y vio que el camarero llevaba un plum-pudding
en un plato. Pidió que le sirviera un poco. Le contestó
el otro que pertenecía a un cliente de la casa, que resultó
ser Fortgibu.
Transcurrieron
unos años y Deschamps fue invitado un día a una
cena en la que le ofrecieron el mismo postre. En cuanto lo vio
contó a los señores de la casa lo sucedido en
dos ocasiones anteriores. Al escuchar el nombre de Fortgibu,
el dueño de la casa explicó al poeta que lo estaban
esperando para cenar. Con este tercer encuentro se acabó
la serie. No hubo cuarto plum-pudding.
Otros
ejemplos de sincronismos
También
en la actualidad han publicado los periódicos y revistas
casos semejantes al de Deschamps. La revista londinense Weekend
explicaba en su número del 19 de mayo de 1976 que un
bebé cayó del piso 14 de un edificio de Detroit
y fue a golpear a un sujeto llamado Joseph Figlock. El siguiente
año sucedió exactamente lo mismo, con los mismos
personajes, encontrándose el bebé ligeramente
más gordito. Ninguno de los dos sufrió daños.
No tuvieron la misma suerte dos hermanos que vivían en
las Bermudas, según informó el Liverpool Echo
del 21 de julio de 1975. Fueron ambos atropellados y muertos
por el mismo taxi, conducido por el mismo hombre, llevando como
pasajero a la misma persona y en el mismo lugar de la misma
calle. Pero los dos accidentes sucedieron con un año
de diferencia.
En
1919, el joven Melvin Beach, de 17 años de edad, halló
una tortuga en cuyo caparazón grabó sus iniciales
y el año. Sesenta años más tarde, el 1°
de mayo de 1979, volvió a aparecer la misma tortuga con
las iniciales y la fecha. Conservaba el mismo tamaño:
unos 25 centímetros.
El
piloto de un barco que navegaba en 1939 por el Atlántico
Norte se encontró de repente en el mismo lugar donde
había chocado el Titanic, 27 años antes, contra
un iceberg que lo abrió en canal y lo precipitó
al fondo del mar. Un extraño presentimiento le hizo detener
el navío, en la noche invadida por la niebla. Surgió
en aquel momento un iceberg que le causó daños.
De no haber reducido la velocidad, el barco se habría
ido a pique, se llamaba, curiosamente, Titanian.
En
su edición del 8 de julio de 1975, el Daily Mail londinense
dio a conocer lo sucedido a la familia Melkis cuando veían
sus miembros una película por televisión sobre
los últimos momentos del Titanic. En el preciso instante
de chocar el gigantesco transatlántico contra el iceberg,
un enorme bloque de hielo cayó del cielo y fue a estrellarse
contra el tejado de la casa, destrozándolo, y se desplomó
en la sala.
Si
antes de morir despedazado, pensó Saki que el rayo jamás
cae dos veces en el mismo sitio, estaba en un error. Son numerosos
los ejemplos conocidos de coincidencias que pudieron matar y
que finalmente no fueron de consecuencia fatales. Así
sucedió en casa de los esposos Ernest y Betty Hudson,
que vivían en Winburn Chapel, en el estado de Mississippi.
En el verano de 1984 cayó un rayo sobre su casa. Salieron
asustados a la calle y fue una suerte que eso hicieran –obedeciendo
tal vez, inconscientemente, el aviso de un difunto que no les
quería mal-, porque cayó al instante un segundo
rayo, seguido de un tercero, que entre todos acabaron con la
casa. ¿Coincidencia salvadora o aviso del más
allá? ¿O poseía la casa un misterioso imán
en sus profundidades, que atraía las descargas eléctricas?
Puede
considerarse también como feliz coincidencia lo sucedido
en el otoño de 1980 a Howard Levin, de Great Neck, Lond
Island, en el estado de Nueva York. No hubo rayos en esta ocasión,
sino incendios. Levin sobrevivió a un par de incendios
seguidos, en dos hoteles, que se cobraron 110 víctimas.
Fue el primero en el hotel MGM, de Las Vegas, el 21 de noviembre,
destruido por un incendio, con saldo de 84 huéspedes
muertos. Solamente se salvaron Levin y unos cuantos más.
El 4 de diciembre, se encontraba en el Stouffer´s Inn,
en Connecticut, cuando se declaró un incendio. Levin
logró escapar ileso, pero perecieron abrasados 26 huéspedes
del hotel.
Dos
casos más, para terminar con las coincidencias
Warren
Z. Felty conducía su automóvil de regreso a casa,
en una noche de febrero de 1940. Vivía en la pequeña
población de Middleton, Pennsylvania. Vio delante de
él las luces traseras de un vehículo en el momento
de salirse de la carretera. Se detuvo y corrió a prestar
ayuda a los accidentados. Solamente había una persona,
el conductor, que había sido lanzado hacía adelante,
rompiendo el parabrisas y cayendo sobre la nieve. Felty se inclinó
sobre el desconocido. Estaba seriamente lastimado. Lo llevó
hasta el automóvil y condujo éste hasta el cercano
hospital de Harrisburg.
El
accidentado se llamaba William M. Miller. Recobró el
conocimiento cuatro días más tarde y se enteró
del nombre de su salvador. Pero no tuvo oportunidad de conocerlo.
Fueron a encontrarse en el invierno de 1944, cuando Felty cayó
derribado por los alemanes cuando volaba sobre su territorio
y fue hecho prisionero. Cuando era conducido a un Stalag vio
un cuerpo tendido sobre la nieve. Se inclinó para ver
si aún vivía. Le ayudó a levantarse y a
llegar al campo de prisioneros. Allí permanecieron hasta
el 29 de abril de 1945, cuando fueron rescatados por las tropas
del general Patton. El hombre a quien Felty salvó por
segunda vez de morir helado era el mismo William M. Miller hallado
en una carretera del estado de Pennsylvania.
El
26 de noviembre de 1911 publicó el New York Herald una
curiosa noticia: tres hombres habían sido ahorcados en
Londres la semana anterior, acusados de haber asesinado a Sir
Edmundberry Godfrey en la localidad de Greenberry Hill. Los
asesinos se llaman Green, Berry y Hill. Otro curioso caso de
coincidencia tuvo lugar el día antes de desembarcar los
Aliados en Normandía, que sucedió el 6 de Junio
de 1944. El Daily Telegraph publicó el crucigrama de
todos los días, pero en aquella ocasión venían
incluidos los nombres en clave de las playas donde tendría
lugar el desembarco: Omaha, Utah, Mulberry y Neptune, así
como el de la operación militar: Overlord. Lo que era
tan solo una coincidencia , a punto estuvo de malograr la operación,
seguros los servicios de inteligencia de que la noticia había
llegado a poder del enemigo. |