LA COMUNICACIÓN CON EL MÁS ALLÁ

Las hermanas Fox, que con tanto empeño deseaban dedicar sus dotes a ayudar a los seres humanos, encontraron en varios científicos de la época una determinada oposición a sus creencias y poderes.

No obstante, el espiritismo continuó expandiéndose hasta a ganar adeptos en casi todos los rincones de Estados unidos y, como no, médiums que no lo eran y que sacaron provecho del auge del espiritismo. Desde mucho antes de dar comienzo a la era cristiana, los antiguos deseaban ya comunicarse con el alma de los difuntos, por diversas razones.

Querían consultar con ellos, tal vez porque allá donde se encontraban tenían una perspectiva más amplia de las cosas de este mundo, deseaban agradecerles sus ocasionales intervenciones ante los poderes celestiales o saber cómo se encontraban o si los trataban bien en la Gloria. Nadie tenía problemas para consultar con los difuntos, siempre que lo hicieran por los canales adecuados, es decir, los sacerdotes, antepasados de los actuales médiums.

Solo los judíos prohibían recurrir a las pitonisas y demás embajadores ante el más allá, y la religión católica también miraba con malos ojos la comunicación con los antepasados, por excelentes que pudiera ser sus consejos. Era mejor dejar a los muertos en sus tumbas sin molestarlos. Y las cosas siguieron por ese camino de respeto a la memoria de los difuntos hasta que a mediados del siglo XIX algo muy importante sucedió en un pueblito del estado de Nueva York. Nació el espiritismo, que muchos consideraron un milagro y otros, como sucede en estos casos, afirmaron que era una farsa ridícula.

Era una sociedad profundamente religiosa

En aquel tiempo, Estados Unidos era un país sumamente puritano y religioso, a pesar de estar distribuidos sus habitantes –lo sigue estando esta en la verdad- en diversas sectas derivadas del protestantismo. Había metodistas, episcopalianos, wesleyanos y cuáqueros, entre otros, y ni uno solo de ellos dejaba de asistir al templo que le correspondía, una vez por semana, para escuchar al pastor y cantar a coro.

Entre los fieles metodistas se encontraba el señor John D. Fox, quien formaba una maravillosa familia con su esposa y sus hijas Margaret y Kate, cuya edad no puede ser especificada, porque cada una de sus biografías da una diferente. Lo único que puede afirmarse es que todavía eran unas niñas, pero que no tardarían en convertirse en adolescentes.

Sin embargo, parecen coincidir todas las crónicas que en la tarde del 11 de diciembre de 1847, la familia Fox fue a instalarse en una antigua casona ubicada en el pueblo de Hydesville. El hombre que se la vendió fue honesto y les dijo que la había abandonado a causa de unos extraños ruidos que no le dejaban dormir. No había mentido aquel señor, porque al llegar los nuevos propietarios no sólo no desaparecieron, sino que crecieron en violencia. Hubo además movimientos inexplicables de los muebles, como si los movieran manos invisibles, así como horrorosos crujidos que no parecieron molestar a las niñas, ni tampoco a sus papás. Se acostumbraron a ellos de inmediato. Eran unas chicas valerosas o acaso insensibles, no se sabe bien.

Como era de suponer, llegó el día en que las niñas quisieron establecer un contacto más estrecho con el ser invisible que compartía la casona con ellas y su familia. Kate chasqueó los dedos e invitó al espíritu a imitarla. Respondió de inmediato un sonido, como golpe. Por primera vez desde que vivía en la casa supuestamente embrujada, la niña se asustó. La mamá acudió a tranquilizarla y ordenó al ser misterioso que diese tantos golpes como sumaban las respectivas edades de sus hijas.

Se dejaron oír entonces catorce golpes – o dieciocho, o veintitrés, de acuerdo con el cronista que escribió este episodio-, lo cual venía a demostrar que el espíritu, o lo que fuera, estaba presente en la casa y poseía nociones de aritmética.

Debía averiguarse quién provocan los ruidos

Intervino de nuevo la mamá de las niñas para preguntar si era un hombre quien daba los golpes. Nadie contestó. Quiso saber si era acaso un espíritu y sonó un golpe seco que retumbó en toda la casa. No había duda de que un solo golpe correspondía a una respuesta afirmativa. En aquel preciso instante nació el espiritismo, al idearse un sistema práctico para comunicarse con el más allá. Un golpe significaría sí, dos golpes, o no contestar, una respuesta negativa.

Los Fox –ignoramos si a papá le agradaba la diversión o si prefería acudir diarios a la oficina- contaron lo sucedido a sus vecinos. No tardó en extenderse la noticia y presentarse los curiosos. Uno de ellos, llamado Isaac Post, ideó un método sencillo para comunicarse con el espíritu. Sugirió que a cada letra le correspondiese un número preciso de golpes.

Aprendieron los asistentes a tomar asiento en torno a una mesa y el espíritu desconocido comenzó a comunicarse con la gente del mundo de los vivos por intermedio de las dos hermanas. Echaron mano las niñas de toda su paciencia, así como los vecinos interesados, y se avino a averiguar un puñado de cosas. Entre ellas, la personalidad del difunto.

Declaró haberse llamado en vida Charles Ryan y que lo habían asesinado en la misma casa donde ahora se manifiesta de manera tan peculiar. Añadió que si escarbaban en el sótano, encontrarían sus huesos. Dicen algunos libros que los Fox dieron con los huesos de Ryan y que les dieron cristiana sepultura, después de lo cual no volvieron a oírse los golpes. Otros libros aseguran que jamás se encontró ninguna huella de crímenes cometidos en el sótano, lo cual hizo pensar a muchas personas sensatas que las niñas se estaban divirtiendo a costa de los ingenuos, haciéndoles creer lo que no era cierto.

En el verano del siguiente año, tal vez por culpa de los jueguitos, los Fox tuvieron serias dificultades con sus correligionarios, los metodistas, y el pastor los despidió de la congregación. Declaró que estaban todos poseídos por el demonio. El matrimonio y las dos niñas no se hicieron rogar. Prepararon las maletas y se fueron a vivir a Rochester, donde vivía la hermana mayor casada con un tal Mr. Fish.

Volvieron a manifestarse las facultades psíquicas de Margaret y Kate en su nuevo hogar, e incluso crecieron en intensidad. El espíritu de Charles Ryan, agradecido porque sus restos reposaban ya en el campo santo de Hydesville, los siguió a Rochester y se ocupó de contestar a todas las preguntas que venían a hacer a las niñas las personas interesadas en comunicarse con un ser querido ya fallecido.

Fue en la nueva casa que vino a sumarse un fenómeno a los ya conocidos. A alguien se le ocurrió unir las manos, formando una cadena, y en aquel momento comenzó a vibrar la mesa y terminó dando saltos y elevándose incluso unos centímetros del suelo. El número de curiosos que acudieron a casa de los Fox creció de inmediato. Era natural.

La señora Fish, que se estaba convirtiendo en el manager de las hermanitas, se dio cuenta de las enormes posibilidades que ofrecía aquel contacto con el más allá. Supo que en casa del reverendo Phelps, en la población del Stratford, Connectitut, un niño y su hermana estaban realizando proezas semejantes. Eran necesarios conservar la delantera. Sugirió abrir cuanto antes un consultorio espiritista.

La perspectiva de comunicarse con los amados difuntos, aunque hubiera que desembolsar una módica suma, entusiasmo a quienes vivían en el vecindario. Resultaba sumamente sencillo, por conducto de las hermanas Fox, mantener un grato diálogo con el alma bendita que les viniese en gana. Comenzó a entrar el dinero en casa, que sería administrado por la hermana casada, que tanto sabía de economía doméstica. La familia terminó instalándose en una casa enorme, para recibir a los clientes como se merecían.

Pero como la casa no tardó en ser pequeña para tanto visitante, no hubo más remedio que hacer las maletas e ir a vivir todos a Nueva York.

La ciencia médica no se pone de acuerdo

Habían transcurrido cuatro años desde aquella tarde de 1848 y los adeptos a la nueva religión, que se llamarían a sí mismos espiritistas, celebraron su primer congreso a nivel nacional, en la ciudad de Cleveland, Ohio. Sumaban ya 10.000 los médium en todo el país, que poseían la facultad de ser agentes intermediarios entre los mortales de acá y los difuntos de allá.

Era tan pesado ya el peso que debían soportar los hombros inmateriales del pobre Charles Ryan que fue necesario pensar en el concurso de otros espíritus voluntarios. Uno de los difuntos que mostró más diligencia desde un principio fue Benjamín Franklin. Este hombre talentoso, tan admirado por los buenos patriotas norteamericanos, demostró ser un espíritu muy dispuesto a ayudar a los seres humanos. Sin embargo, tan generosa disposición de las hermanas Fox y de otros ciudadanos dedicados a tan nobles tarea no fue del agrado de todos. En especial de los médicos, los clérigos y muchos científicos escépticos.

Tres médicos de la ciudad de Buffalo, que se encuentra frente a las Cataratas del Niágara, los doctores Flint, Lee y Coventry, llegaron a muy serias conclusiones. En especial el Dr. Austin Flint, profesor de clínica médica de la universidad, estaba más capacitado para dar un dictamen porque había seguido la trayectoria de las dos jovencitas en los últimos años. Llegó a la conclusión de que los ruidos atribuidos a los espíritus no eran más que contracciones rápidas de los músculos de las pantorrillas y de las rótulas que sabían mover con pericia. Otra notabilidad médica, el fisiólogo alemán Dr. Schiff, fue más allá en la denuncia del fraude. Ante los miembros de la Academia de Ciencias, reunidos en París en 1859, realizó las contracciones que producían los ruidos espiritistas, sin que ninguno solo de los asistentes pudiera precisar de donde procedían.

Pero si estos médicos, y todos los demás, creían que iban a desalentar a los seguidores incondicionales de las Fox, estaban en un error. No solo no disminuyó el número de adeptos al espiritismo, sino que aparecieron nuevos profetas de la doctrina, en varios paises de América y Europa.

Videntes, médiums y personas dotadas con poderes jamás sospechados surgieron por todas partes, y como los clientes necesitaban recibir noticias de sus allegados, no les costaba gran trabajo complacerlos. Las preguntas hechas por quienes acudían a los consultorios espiritistas eran fáciles de contestar: querían saber como les iba en el otro mundo, o pedían un consejo para ciertos negocios de los que esperaban mucho. O qué podían decirle acerca de cierta joven con la que salía el hijo mayor.

Se puso de moda adherirse al espiritismo y lo mismo clérigos del culto protestante que magistrados y hasta sacerdotes católicos deseosos de una vida mejor se hicieron espiritistas. Nadie criticaba ya a quienes abrazaban la nueva religión. Sin embargo, esperaba un fuerte golpe a quienes creían en ella con fervor. Margaret Fox, quien andaba ya por la cincuentena y estaba casada desde que cumplió dieciséis años de dad, informo el 21 de octubre de 1888 al periódico New York Herald que todo aquello de los ruidos oídos en el curso de la comunicación con los muertos era una pura farsa. Declaró que losa ruidos los hicieron tanto ella como su hermana, con los dedos de los pies. Para entonces, lo mismo Margaret que su hermana Kate habían caído en el alcoholismo. Sin embargo, poco tiempo después se retractaron de su confesión. Se ignora quién les aconsejó hacer tal cosa.

A pesar de ello, el movimiento siguió en pie. Los adeptos leales hicieron caso omiso de la declaración hecha por Margaret. Nadie pudo disuadir a quienes tenían absoluta fe en el espiritismo, a pesar de sucederse los fraudes. Un importante sector de la humanidad siiguió siendo fiel al espiritismo, creyendo firmemente que las hermanas obraron siempre de buena fe.

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