Esa
aura le permitía conocer no sólo el estado
actual de salud de cualquiera, sino también los males
que podría contraer en el futuro y cuáles
eran sus sentimientos y su moralidad.
¿Se
divertía Lobsang Rampa, protagonista de la serie
de relatos, diciendo embustes a los ingenuos, o procedía
de acuerdo con la verdad?
Los
antiguos sabían qué es el aura
No faltan las personas que consideran el aura una invención
de los esoteristas. Pero parecen ignorar que este concepto
era ya conocido en la antigüedad. Los primitivos habitantes
de las cavernas dibujaron a veces el aura rodeando el cuerpo
de los seres pintados en los muros (aunque los adeptos al
fenómeno OVNI afirman que se trata de cascos espaciales
utilizados por los antiguos extraterrestres). Los egipcios
decían que el ser humano posee diversas partes invisibles
que se presentan en forma de halo rodeando a la cabeza.
Los musulmanes colocaban una especie de corona de fuego
en algunos personajes distinguidos y al mismo Mahoma lo
mostraban con una llama en lugar de cabeza.
El médico griego Empédocles declaró
en el siglo V a. C. en la ciudad siciliana de Agrigento,
algo relacionado con una sustancia luminosa que se desprende
del cuerpo. Su contemporáneo Demócrito añadió
que esa sustancia luminosa estaba formada por corpúsculos,
una radiación de composición formada por átomos.
Los artistas medievales se apropiaron de este concepto al
pintar a los santos con un halo en torno a la cabeza. Y
dejaban el aura para todo el cuerpo cuando era la Sagrada
Familia la que figuraba en sus cuadros. ¿Sabían
los artistas por qué pintaban aquel halo o lo hacían
porque, antes que ellos, lo habían hecho los pintores
de antaño?
Estos conocimientos era cosa sabida ya en la India, donde
existía una doctrina sobre el Prana, energía
del Cosmos contenida en los elementos físicos y biológicos
del ser humano, que podía captarse mediante ejercicios
especiales, como lo del yoga. La misma doctrina citaba a
unas capas que envuelven al cuerpo humano, a las cuales
se referirían, a fines del siglo XIX, los teósofos
encabezados por Madame Blavatsky. Estas capas, o auras,
con como sigue: la de la salud, de la vida, del karma, del
carácter y de la vida espiritual, y cada una de ellas
posee un color distinto.
Los curiosos hallazgos de un médico inglés
A nadie se le había ocurrido averiguar, llegados
ya a la era de los descubrimientos científicos, en
qué consiste el halo y si acaso se trataba de tonta
superstición. Pero en 1900 se dio el primer paso,
cuando el Dr. Kilner realizo una curiosa experiencia en
el hospital St. Thomas, en Londres. Bañó un
cristal con dicianina y miró a través de él
a un paciente. Vio una neblina luminosa de varios colores
en torno a su cuerpo, brillantes unos y apagados otros.
Llegó a la conclusión, después de repetir
la prueba con enfermos y sanos, de que la fatiga, la enfermedad
y los estados de ánimo alteraban el color y la consistencia
del halo.
Una vez provisto de un archivo abultado de observaciones,
el Dr. Kilner informó de su hallazgo a la Asociación
de Médicos, creyendo que le estaba haciendo un enorme
bien a la humanidad en general y a la ciencia de diagnosticar
en particular. Pero solamente recibió burlas de sus
colegas. Se desalentó e interrumpió las experiencias,
sin verificar si estaba totalmente en lo cierto o si eran
sus queridos colegas los que tenían razón.
De haber estudiado un poco más el fenómeno
y leído algo sobre el tema, se habría enterado
de cosas muy interesantes.
Se habría enterado de que los médiums se ufanan
de ver el aura de los seres humanos, de los animales y hasta
de las plantas, y que la médiums inglesa Eileen Garrett
conocía la forma de que las personas no dotadas de
facultades psíquicas pudieran percibirlas. Bastaba
con colocarse ante un muro blanco, en una habitación
que se quedara de improviso en la oscuridad. Al entonar
los ojos vería ligeras huellas de energía
desprendiéndose en forma de luz por la punta de los
propios dedos.
¿De
qué modo se origina esta curiosa luminosidad y en
qué consiste realmente? Los entendidos en ciencias
ocultas explican que no debe llamarse aura a este resplandor,
sino cuerpo astral, y añaden que en el interior del
cuerpo humano existe otro más, integrado por energía
pura que irradia una energía misteriosa. Pero hay
también una explicación científica
para este fenómeno. O, mejor dicho, hay varias, pero
se señalarán sólo dos.
En agosto de 1982, el rumano Floriu Dumitrescu decía
que los campos bioeléctricos humanos poseen frecuencias
variables y pueden ser fotografiados gracias a los gases
ionizados que los rodean, de tal manera que los puntos de
energía electrodérmica vienen a corresponder
con ciertos puntos que sólo son visibles cuando el
cuerpo está enfermo y desaparecen cuando está
sano. Es lo que vio el Dr. Kilner con su cristal. Por su
parte, Walter Peschka, del Instituto Alemán de Investigaciones
Espaciales, opinaba que algunos individuos –como son
los médiums- han probado poseer una habilidad para
captar los campos de frecuencia electromagnética.
Otra curiosa teoría en torno al aura sería
lanzada en 1936 por Humio Inaba, de la universidad Tohoku,
en Japón. Decía que en ciertas enfermedades,
como cáncer, diabetes e ictericia, se emite fotones
de manera más intensa que cuando los tejidos están
sanos. Vio que la sangre de los fumadores es dos veces más
luminosa que la de los no fumadores y que regresa a la normalidad
después de 24 horas de abandonar el hábito.
Este fenómeno de emisión de fotones biológicos
se producen en todos los seres humanos, pero crece cuando
hay ciertos desórdenes metabólicos.
Decía el Dr. Inaba que podría deberse a la
peroxidación de los lípidos en los tejidos,
que conduce a la formación de radicales libres. Es
un proceso químico: el oxigeno paramagnético
posee dos electrones con el mismo spin en las capas exteriores.
Cuando en ciertas reacciones pierde ese oxigeno uno de los
electrones se libera un fotón, llamado biofotón
por inaba. ¿Tiene que ver este fenómeno con
el aura observada en individuos presa de actividad psíquica
anormal?
Importante
hallazgo de un soviético
La ciencia había cerrado los ojos a esta extraña
manifestación electromagnética del organismo,
hasta que, hace no menos de cuarenta años, un hombre
quiso estudiarla y llegó a realizar un curioso descubrimiento.
Semión Davidovich Kirlian tenía un taller
de electricidad en la ciudad de Krasnodar, en la región
del Cáucaso. Acudía con frecuencia al Instituto
de Ciencias local, donde le confiaban los aparatos descompuestos
para que intentara arreglarlos. Un día observó
una curiosa luminosidad en un aparato de alta frecuencia
para electroterapia en el momento de ser aplicado a un paciente.
Era algo tan extraordinario, aquel destello que aparecía
entre los electrodos y la piel, que lo primero que hizo
fue fotografiarlo.
Los electrodos eran de vidrio, lo que dificultaba la fotografía
del destello. A pesar del peligro que entrañaba la
experiencia, Kirlian quiso hacer la prueba con electrodos
metálicos. Colocó una placa fotográfica
entre un electrón y su propia mano y conectó
el aparato. Sintió un agudo dolor, pero no le importó.
Fue a revelar la placa y obtuvo un resultado fantástico:
sus dedos aparecían rodeados por una luz extraña,
casi fantasmal.
No pensó en la opinión que pudieran tener
los científicos, sino que comenzó a hurgar
en las bibliotecas, en busca de mayor información.
En realidad, nada sabía de aquel fenómeno
de la luminosidad. Se le ocurrió idear un sistema
para fotografiar la energía que se desprender del
cuerpo sin lastimarlo. No deseaba sufrir más quemaduras.
Tal vez si lograba crear un campo de alta frecuencia entre
dos electrodos y colocaba al objeto a fotografiar en medio,
pegado a la placa, resultaría como era su deseo.
Fracasó en su intento. Insistió varias veces
e hizo una más con una hoja de árbol. Apareció
fotografiada una imagen muy extraña, en tonos blancos
y grises. Kirlian pasó varias meses trabajando en
un nuevo aparato que permitiera fotografiar aquel aura en
colores. Cuando estuvo seguro del éxito, volvió
a hacer la prueba con su propia mano. Conectó el
aparato y al revelar la película descubrió
un mundo fascinante, como un caleidoscopio de luces multicolores.
Tocó después el turno a una hoja de árbol
recién arrancada, que dio una visión rica
en colores. Y lo repitió con una hoja seca.
No hubo aura esta vez. La hoja apareció como una
ciudad que hubiera quedado de improviso a oscuras. No había
dudas de que las luces de colores estaban relacionadas con
la energía vital de las hojas. Si la hoja estaba
recién cortada, todavía viva, las luces eran
brillantes. Si estaba muerta, carecía de aura.
Las siguientes experiencias serían fabulosas
Aquella experiencia no pasaba de ser una curiosidad, sin
valor práctico. Era preciso hallar ahora el lado
práctico del descubrimiento. Kirlian realizó
más pruebas, para estar seguro de los resultados
obtenidos, y envió un informe la Academia de Ciencias
de Moscú y a otras sociedades científicas
del país. Tuvo más éxito que el británico
Kilner: no tardaron en acudir a su domicilio diversos interesados
en conocer sus métodos.
Uno de ellos entregó a Kirlian dos hojas de la misma
especie vegetal, cortadas al mismo tiempo. Deseaba conocer
su opinión. Kirlian repitió varias veces las
pruebas y llegó finalmente a una conclusión.
Pertenecían las hojas a dos árboles diferentes.
Uno estaba sano y el otro enfermo. A partir de entonces,
el método Kirlian para diagnosticar enfermedades
de las plantas fue aceptado por los centros agrícolas
de la URSS. Gracias a él podía saberse si
lo viñedos, las plantaciones de tabaco y los árboles
frutales, entre otros, podrían dar excelentes cosechas
o si era necesario curar el mal que muy pronto sufrirían.
Sin embargo, lo que en un principio pareció claro
triunfo del antiguo electricista terminó por hundirlo
en la desesperación. Ideo el sistema con la esperanza
de diagnosticar cualquier enfermedad en los seres humanos,
antes de que se manifestara. No en las plantas.
Ningún instituto de salud pública, ningún
médico se había dirigido a él en busca
de información. Kirlian no lograba comprender por
qué se negaban los médicos a utilizar un método
tan expedito y seguro para descubrir a tiempo el mal que
podía atacar a un ser humano.
Finalmente, tuvo que hacerse a esta idea: la ciencia oficial
tiene aún muchos tabúes. No acepta jamás
la existencia, sino después de mucho tiempo, de cualquier
método para curar que no sea el tradicional. Si un
médico hiciera un diagnóstico por medio del
aparato ideado por Kirlian y aceptara el aura, significaría
que estaba reconociendo algo que jamás había
aceptado la ciencia: ese aura. Sería considerado
por sus colegas como un charlatán y tal vez sería
dado de baja de su honorable profesión, de manera
totalmente vergonzante.
Curiosos trabajos sobre la electricidad humana
Nina Schlippenbach, Vladimir Jabotin y Pabel Guleaev, biólogos
de la universidad de Leningrado, realizaron en 1967 unas
experiencias en lo que llamaron el Electroaurograma, o registro
y medida del campo electromagnético existente en
el cuerpo humano y en torno a él. Declararon que
la actividad de los tejidos vivos está estrechamente
ligada la actividad de las corrientes biológicas
que se generan en los tejidos, las cuales pueden ser captadas
y medidas.
Descubrieron
que cuando se encontraba un objeto metálico cerca
de la persona cuyo electroaurograma deseaban establecer,
se dispersaban los impulsos nerviosos, lo que no sucedía
cuando ese objeto era de naturaleza aislante.
Vieron así que las personas que no llevan encima
objetos metálicos crean un ambiente eléctrico
que favorece su equilibrio biológico. Los anillos
de oro y los pendientes de plata anulan, en cambio, ese
equilibrio y ahuyentan las emociones. No sucede esto con
las piedras preciosas, que por ser aislantes se oponen a
la influencia negativa de los metales.
Determinaron a continuación el esquema fotográfico
de los principales campos eléctricos del ser humano,
que se localizan en el cerebro, las rodillas y el corazón.
El cerebro aumenta de tamaño en el momento de mandar
una orden a los músculos. Esta particularidad del
cerebro podría tal vez explicar el origen de ciertos
fenómenos paranormales. Una persona sensitiva podría
intuir, en teoría, los actos que fuera a realizar
alguien, al captar los cambios sufridos en su cerebro.
En apoyo de la tesis de los tres biólogos soviéticos
podría estar el hecho de que, sin son los pueblos
primitivos los más aptos para revelar aptitudes paranormales,
sería porque andan descalzos. Reciben así
la energía telúrica, la cual se descarga a
través de las pulseras de cobre con que adornan los
brazos y el cuello.